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La Leyenda del Queso



Las referencias más antiguas acerca de la domesticación de las ovejas, cabras y vacas se remontan hasta el año 10 870 A.P, 10 000 A.P. y 9 000 A.P respectivamente. Se señala que fue la cabra el primer animal ordeñado y luego ello se extendió a la vaca, haciéndose en estas últimas por detrás igual que las anteriores. 

     Las primeras informaciones acerca del ordeño de esta última especie se remontan al 4 400 A.P., indicándose esa fecha como el inicio de la explotación lechera en el mundo. Desde un punto de vista histórico, la explotación lechera de los animales fue posterior, el hombre inicialmente los domesticó para aprovechar su carne, lana y cuero.
    La leyenda del queso está altamente relacionada con zonas desérticas; se cuenta que un mercader árabe para saciar su sed por el camino, coloco la leche de cabra en odres (recipientes) hechos con estómagos de cordero; luego de unas horas de viaje en camello por el desierto, se detuvo para tomar leche fresca, observando para su sorpresa que, en lugar de leche había una pasta grumosa blanquecina y un líquido amarillento, al probarlos notó que tenían un exquisito sabor, el cual, sobresalía al comerlo con las frutas secas que acompañaban en las provisiones para el viaje. 

     Este accidente constituyo uno de los grandes descubrimientos tecnológicos de la humanidad, útil para la conservación de un alimento ampliamente utilizado y de alto valor biológico como es la leche. 
    Desde entonces, los pueblos y regiones han hecho de la elaboración y disfrute del queso una cultura, un arte y un placer.   
   




La Tortuga Milenaria



Aburrida de la lentitud de la humanidad, la tortuga milenaria se fue a dormir panza arriba. Cuando despertó, descubrió que no se podía enderezar y que el mundo se había convertido en un sitio tan veloz, que nadie se detenía para ayudarla. 

La tortuga milenaria quería gritar, pero le faltaba el aire. Estaba a punto de morir aplastada por el peso de su propio caparazón, inclusive la muerte se demoró en recetarle su dosis de agonía. 

A su lado, humanos iban y venían indiferentes a su martirio. Pelotas rodaban perseguida por niños a los que los adultos apresuraban a crecer. Los grandes plantaban flores a las que azuzaban a crecer lo más pronto posible para poder arrancarlas. Sembraban vegetales que las personas se impacientaban por cosechar para después tragárselas sin masticar y defecarlas nuevamente sobre la tierra. 

Debo confesar, que incluso yo me volví uno de esos hombres que exprimen las horas del día hasta la última gota solo con la esperanza de que la noche transcurra rápidamente, y una vez que amanezca, sumergirme de nuevo en la rutina de incendiar las horas hasta que solo queden cenizas que se puedan soplar. Puede ser que tampoco me hubiera detenido a observar a la tortuga milenaria, ni ayudar a enderezarse de no haberme encontrado en el camino con tu boca. 

Fue por ella que, hipnotizado, descubrí la hermosura consistente en esperar a que la tortuga se acomodara panza abajo otra vez y diera su primer paso. Digamos que todos los días despertaba yo, pero cuando llegaste, fue la primera vez que en verdad abrí los ojos.

 Hoy degusto con singular alegría la eternidad comprendida entre un segundo y otro, lo mismo que dura uno solo de tus graciosos parpadeos. Hoy quiero demorarme en besarte lo que se demora la vieja tortuga milenaria en dar uno solo de sus pasos. Aprendí que quiero llevarme a los labios cada gota de tu hermosura sin desperdiciar la más mínima partícula o permitir que se caiga un átomo de ti al piso. 

Así que, la próxima vez que me quede mirándote sin decir nada, no me preguntes qué pienso. Solo es que la tortuga milenaria se ha ido a dormir y yo, hoy por lo menos, no quiero despertarla.             


    

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